La vieja del visillo denuncia que los “policías de balcón” ejercen el intrusismo laboral


    La vieja del visillo, esa señora mayor asignada a cada barrio, cual reminiscencia franquista, cuya misión es la de controlar los movimientos del vecindario para poder aportar color y cizaña a partes iguales a cualquier habladuría que circule, adornar con variopintos matices y detalles de la vida de otras personas historias que conoce a medias de gente que también conoce a medias, y en definitiva, malmeter como se ha hecho toda la vida; ha visto peligrar su privilegiado puesto de cizañera oficial con el confinamiento.

    Los policías de balcón han usurpado las funciones de la discreta señora, que ejercía con sigilo tras los visillos de su ventana, como si de una grácil ninfa del bosque se tratara. Sin embargo, estos nuevos especímenes no se molestan en esconderse, ni se avergüenzan de espiar a sus congéneres, a quienes incluso se atreven a increpar, ejerciendo ya no sólo de chivatos, sinó muchas veces de jueces e incluso de verdugos, que alguna maceta se le ha escapado a más de uno, como forma de impartir justicia contra quienes a su juicio ”no deberían estar en la calle”. 

    Ante tácticas tan agresivas la efectividad laboral de la vieja del visillo se ha visto reducida a la nada. Nadie quiere escuchar ya sus novedades porque las han oído antes a voces desde los balcones de sus vecinos. “Toda una vida de preparación y dedicación a este trabajo de forma altruista, para que ahora, sin ningún reparo, con esto del coronavirus me dejen sin nada.” Y es que aunque la vieja del visillo era permanentemente visitada y agasajada con empanadas, cocas, garrapiñadas, magdalenas y todo tipo de repostería casera a modo de ofrenda a cambio de su información. “Lo que están haciendo es intrusismo laboral, están dejando sin trabajo a las profesionales, y este gobierno no hace nada” sentencia.